El altar del territorio es una instalación simbólica que materializa un territorio no físico, concebido como un espacio cargado de simbolismo y memoria colectiva compartida.
A través del uso del círculo como símbolo de conocimiento compartido en la ancestralidad indígena, el altar actúa como un motor para la recuperación de saberes populares y medicinales que forman parte de nuestra cultura.
En este dispositivo, la ritualidad se manifiesta en lo cotidiano a través de prácticas de cuidado y gestos diarios integrados sutilmente, vinculando la vida diaria con lo sagrado.
Finalmente, la instalación invita a una percepción consciente que transita entre lo visible y lo invisible, apelando a la sensibilidad corporal para activar conocimientos latentes a partir de la experiencia directa con la materia
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La instalación está situada físicamente a los pies de las obras Serie las yuyeras II, La morteada y Figura y paisaje, de Leónidas Gambartes. En ellas representa a mujeres trabajando con la tierra y preparando plantas medicinales, en lo cual está presente también la idea de la ritualidad integrada en los gestos diarios de cuidado.
El altar funciona en conjunto con un herbario colectivo en construcción, un dispositivo diseñado específicamente para registrar y compartir saberes populares vinculados a la historia del territorio y al conocimiento heredado a través de la transmisión oral, compartido de generación en generación, algo que también podemos ver representado en la obra de Gambartes.
Las piezas resultantes de los talleres colectivos se vinculan con el altar del territorio de forma física, temática y simbólica. Por un lado, el altar está construido utilizando elementos naturales del territorio —tanto seres vivos como no vivos— junto a piezas específicas resultantes de los talleres y las intervenciones del público. Pero más allá de los referentes físicos, logra sintetizar los procesos de las participaciones, al combinar objetos y temáticas que fueron comunes en todas las actividades grupales, representando conceptos como la ritualidad, la memoria compartida y los procesos creativos.
La colectividad y el pensamiento compartido/colectivo ha estado presente en todo el programa, incluyendo en las dinámicas círculos de palabra y dinámicas colectivas de pensamiento, que atravesaron tanto los talleres como el resto de las actividades del proyecto.
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Desde la propuesta curatorial se apostó por no exhibir los resultados de los talleres de manera literal o aislada; en su lugar, estas participaciones fueron transferidas al altar para que, al complementarse entre sí, transmitan una narrativa colectiva y emocional.
Este vínculo materializa el principio de «autoría de los públicos», otorgando a las personas la capacidad de afectar y configurar la exposición mediante la identificación de sus propias experiencias, reflexiones y emociones integradas en la instalación, recogiendo la participación colectiva, sin limitarla a la de las propuestas y objetos físicos que fueron finalmente incorporados.
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